Soy un muñeco “Ken” (en inglés . I am a Ken-Boy)

Desde siempre que niños y niñas tienen formas diferentes de entender la vida, y esto se puede ver nada mas empezar la vida, como niños, sobre la forma como los niños les gustas los coches, y a las niñas les gusta las muñecas. En mis tiempos eran la Barbie y el Ken, y ahora son las Bratz, pero para intentar mantener una pensamiento fluido, voy a mantenerme parado en el tiempo con Barbie y Ken.
A las niñas les encanta, coger los muñecos y cambiarles de ropa, de peinado, ponerlos a comprar, a comer, a dormir, a tener bébés, a trabajar, etc… Pasan el dia en este deporte de entrenamiento de futuras “Generales-en-jefe-del-hogar”, entrenando todos los movimientos y ordenes que mas tardan utilizaran sobre sus maridos. Los niños son, generalmente hablando, aducidos en este juego, y de forma involuntaria, y digo sin la mínima voluntad, acaban por hacer su papel, de invitado a tomar café o a cenar, o de Papa de la familia.

Cuando llega la adolescencia, este comportamiento parece desaparecer, y la relación entre chico y chica pasa por una forma mas neutral, de toma de conocimiento mutuo, y tal vez porque las hormonas de ambos están a flor de piel, no hay mucho interés en volver a este control sobre las muñecas. Hasta que un dia …

La marcha nupcial suena, y uno da por si, frente a un altar y un sacerdote(o para los laicos, un ayuntamiento y un alcaide) para dar el si quiero. Y a partir de este momento, uno vuelve a la infancia de forma involuntaria, y lo digo de forma involuntaria.

De forma repentina, tu peinado, tu forma de vestir, de reírse, te ver la vida, de estar con la gente, pasan a ser equivocadas y tienen que ser modificadas. Te pasan a decir lo que tienes que vestir, y como tienes que llevar el pelo, que colonia utilizar, y como hacer el “gracioso” versión femenina. Vuelves a estar metido dentro de los cafés a media tarde y de las cenas o comidas (menos mal que de esta vez con comida en serio, y no con agua de charcos y arena/tierra). Tus abrigos, tus bufandas, tus zapatos, tus calzoncillos. Llega un momento que son tantos los cambios que ni tu madre te reconoce.

Con esto, no quiero decir que esta “manipulación” sea negativa, al revés, creo que incluso puede ser positiva, siempre que dentro de algunos limites, del respecto por los gustos del otro. Afinal, si a uno le gusta su abrigo viejo, que lleva desde hace años y esta confortable con el, porque tiene que el pobre abrigo, sufrir un extraño accidente y desaparecer de la superficie del mundo, y desvanecerse en el aire sin dejar rastro ( y claro que quien dice abrigo, dice pantalones, jerséis, camisas, zapatos, etc…).
Sin este empuje hacia delante, muy probablemente el hombre todavía seria un astrolopiteco neandertalizado, peludo, sin arreglar y con el peine en le bañado como el macho latino de los años 70.

I am a ken boy

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